Confieso que he buceado

El gran día habia llegado. Luego de mil preparativos, dedicación, Plata invertida. Si, invertida, porque no encuentro mejor experiencia aún habiendo gastado mucho dinero. Y lo vale, si que lo vale.
Pues bien, como decía, el gran día había llegado, y ahí estaba yo preparada para la aventura.
No todo salió como lo esperaba, aunque un trapiezo no es caída. Fuera de los planes mi mamá y hermana me esperaban de vuelta en el hotel. Pero ahí estaba, más allá de los contratiempos, viajando en Ferry por ese mar azul turqueza. Conociendo a quienes serían mis compañeros de aventura, viendo cómo se alejaba Playa del Carmen detrás nuestro. Y conociendo a los peces voladores, que salían del agua cuando el barco se aproximaba y se aventuraban a volar por la superficie.
Ya en el barco que nos acercaba a la gran azaña, nos adentramos en el mar de Cozumel. La vista me dejaba atónita, nunca pensé que podría maravillarme tanto solo mirando el mar.
Y llegó la hora de ponerse el traje de neopreno, el lastre, la máscara y las aletas. No antes de repasar algunas señas con el instructor y mi compañero. Y ya con el equipo a cuestas y gracias a un gran paso de gigante, ahí estaba, en el agua, en el paraíso.
Llego la tan ansiada señal “Listos? Bajemos!!!” Y así, desinflando el chaleco con la tráquea apuntando arriba, con la cámara lista y compensando a cada segundo, no podía creer que aún podía seguir maravillándome. Ver con tanta claridad bajo el agua, ver las siluetas de los otros buzos tan nítidas, fue un gratificante shock en mi cabeza. Y ahí estaba, yo con mi equipo, todas mis ganas y un mundo nuevo y espectacular que se me ponía delante para que pudiese explorarlo. Mil peces de colores, de todos los tamaños y formas; aquellos que nadaban muy sobre el fondo del mar y con rápidos movimientos se escondían bajo la arena. O aquellos cangrejos mucho más grandes que lo que me hubiese imaginado. Los que se perdían entre las plantas y rocas y los que brillaban dede lejos. Esos colores y texturas que sólo vimos en Buscando a Nemo, pero reales esta vez. Y el sonido de mi propia respiración, como musica, que hace de la experiencia algo más íntimo.

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